Nikolái Fiódorovich Fiódorov
Nikolái Fiódorovich Fiódorov
(1829–1903)
Hijo ilegítimo del príncipe Pavel Ivánovich Gagarin.
Un filósofo religioso extraordinario, fundador del cosmismo ruso: una corriente de pensamiento que vinculó la exploración del espacio con las ideas de la fraternidad universal y la victoria sobre la muerte.
El tema central de Fiódorov era la superación de la muerte. La consideraba el mal principal del mundo y estaba convencido de que la propia humanidad podía y debía vencerla. No se trataba solo de la inmortalidad de los vivos, sino también de la resurrección de todos los muertos, los «padres». Esta tarea, que exigía la unión de toda la humanidad, Fiódorov la llamaba «la Obra Común»; sus escritos, publicados póstumamente por sus discípulos, se titularon precisamente así: «Filosofía de la Obra Común».
Sus contemporáneos lo llamaban el «Sócrates de Moscú». Lev Tolstói, Fiódor Dostoievski y Vladímir Soloviov hablaban de él y de sus ideas con respeto. Y Konstantín Tsiolkovski, futuro padre de la cosmonáutica rusa, de joven estudió por su cuenta, con libros, en la Casa Pashkov, donde entonces se encontraban la Biblioteca Chertkov y la biblioteca del Museo Rumiántsev, donde trabajaba Fiódorov. Más tarde, Tsiolkovski reconocería que Fiódorov le había sustituido a los profesores universitarios.
Fiódorov llevaba una vida ascética: procuraba no poseer ninguna propiedad, y repartía entre sus «becarios» una parte considerable de su ya modesto salario. Consulte el atlas ilustrado de su vida y obra.
Las audaces ideas de Nikolái Fiódorovich fueron olvidadas durante mucho tiempo en su propia patria, y casi desconocidas fuera de ella, pero en las últimas décadas el interés por ellas ha vuelto, y no solo en Rusia.
En el extranjero, los transhumanistas —integrantes de un movimiento surgido a finales del siglo XX— citan con gusto al cosmismo ruso. Muchos de ellos consideran a Fiódorov su precursor: la prolongación radical de la vida, la criónica y la «resurrección digital» remiten directamente a sus ideas. La «Iglesia de la Vida Eterna» (Church of Perpetual Life), en Florida, llega incluso a venerarlo como a un profeta. Aunque, en realidad, de iglesia tiene más la forma que el fondo: en sus «servicios» regulares intervienen científicos, futurólogos y activistas del movimiento por la prolongación de la vida. La atención del público occidental hacia el cosmismo la despertaron, entre otros, el libro de George M. Young The Russian Cosmists (2012) y la antología Russian Cosmism, editada por Boris Groys (2018).
En Moscú funciona el Museo-Biblioteca N. F. Fiódorov, con un seminario filosófico permanente. Cabe destacar que fue precisamente allí donde, en enero de 2005, se celebró el primer seminario del Movimiento Transhumanista Ruso. Desde 1988 se celebran también las Lecturas Fiódorov: en 2023 tuvieron lugar, en su edición de aniversario, las XX Lecturas Científicas Internacionales en memoria de N. F. Fiódorov. Además, en Rusia el cosmismo fue adoptado también por publicistas que escriben sobre la «idea rusa».
Dato interesante:
Casi veinte años después de la muerte de Fiódorov, hacia el final de la Guerra Civil, surgió en Moscú un grupo de biocosmistas-inmortalistas. Consideraban la muerte lógicamente absurda, éticamente inadmisible y estéticamente repugnante, y proclamaban como derechos principales de la persona el «derecho a la existencia (inmortalidad, resurrección, rejuvenecimiento) y a la libertad de desplazamiento en el espacio». El poeta Aleksandr Svyatogor, ideólogo del biocosmismo, escribió en su manifiesto de 1921 que «nuestra tierra debe convertirse en una nave cósmica gobernada por la voluntad sabia del biocosmista». Le indignaba que la Tierra, «como una cabra atada a un pastor-sol, dé vueltas eternamente en su órbita». La imagen está plenamente en el espíritu de Fiódorov, quien escribía que la humanidad debía ser «no un pasajero ocioso, sino el servicio, la tripulación de nuestra nave terrestre, movida aún no se sabe por qué fuerza». El propio Svyatogor, sin embargo, renegaba de tal parentesco: la utopía de Fiódorov, escribía, «carente de la idea de creación», les resultaba «orgánicamente ajena» a los biocosmistas.